
Hoy, después de este lapsus temporal, voy a relatar lo que aconteció un día de verano de 2007 (finales de agosto más o menos) en el que estuve a punto de cometer un "perricidio".
No lo conté antes pero tengo "heredado de mi hijo mayor" un perro labrador. El perro, pobre, no tiene culpa de ser perro pero sí la tiene de ser un perro cabrón en toda la extensión de la palabra.
Está empeñado en ir donde yo vaya y en disfrutar como un auténtico hijo de perra que es y, por si eso fuera poco, es celoso a más no poder; pero son celos totalmente irracionales, fuera de lógica alguna (si es que algo en la mentalidad de los perros la tiene).
El caso es que en uno de mis paseos, en un momento de baja intensidad en el trabajo, allá por el mes de junio de 2007 descubrí, con sorpresa, en una de las tantas escombreras que salpican nuestros más recónditos montes como, entre los cascotes, había brotado una planta de Actinidia (kiwi). Por aquellos días estaba pegando el sol bastante fuerte y me abstuve muy mucho de tocarla; me limité a vigilar la escombrera, no fueran a zumbarle en la chepa una carga de escombros.
Al cabo de un mes, más o menos,hubo una cerrazón de niebla, algo muy frecuente por estos lares en esa e

stación. La niebla era espesa y mojaba más que un chubasco, así que me decidi a ir a buscar la actinidia. Me armé de piqueta (por lo que pudi

era encontrar), un cubo con el sustrato preparado y una paleta de albañil para poder hurgar por donde creyera conveniente.
La tarea fue fácil. Después de sacar los cascotes mayores y, con infinito cuidado) escarbar un perímetro bastante prudencial, no fuera a fastidiarla ahora, me encontré con la agradable sorpresa que no había más de un palmo de tierra de profundidad, y que todas las raices estaban repartidas de forma casi uniforme por la superficie de una gran losa de piedra firme. No me anduve por las ramás y aprovechando la frescura del día, fue tomar la planta del suelo y pasarla al cubo con el sustrato.
La planta, si se resintió algo, no lo demostró. Se pasó con claridad pero a la sombra (ya habían vuelto los ca
lores) las dos semanas siguientes Y se mostraba así de explendorosa.
Así que decidí sacarla a la terraza de la nave donde trabajo y donde habitualmente está el labrador. Éste al principio no le hizo ni puñetero caso, pero por si acaso, cuando yo sacaba la planta, bajaba al perro.
Lo malo sucedió cuando un vecino que habitualmente pasa por el lugar se detuvo a charlar unos dos minutos, al cabo de los cuales recordé que había dejado la puerta de acceso a la terraza abierta. Me disculpé con el vecino y subí a toda prisa y cuando llegué arriba, desde abajo el vecino se despedía pero yo ya no le oía, mi plantita, mi querida plantita no existía. Y no miento. el jodido perro se la había

comido ¡y sin tirar el cubo donde había estado!
En esos momentos me asaltó la más profunda de las iras, tomé un palo para machacar al atrevido y al acercarme a él... tuve que soltar el palo. Me senté en un trozo de columna y me fijé para la cara del perro mientras la ira aún me arañaba por todo el esternón y la nuca. Pero las ansias asesinas iban remitiendo al ver aquella mirada franca, sin malicia... "hablaba" con la mirada, como diciéndome. "Yo soy un perro, soy tu compañero y eso era una hierba". Jamás ví una mirada ten elocuente. Se acercó y me pegó dos lametazos en las manos y se tumbó encima de mis pies; esto acabó por desarmarme del todo, pero ¡Dios mío, que pena sentía por mi planta! Volví a mirar al perro. Nos miramos los dos y nos aguantamos la mirada. La suya decía "Tú tuviste la culpa, no debiste dejar la puerta abierta, yo sólo soy un perro". Le tuve que dar la razón a pesar de lo mucho que me dolía la pérdida de mi plantita. Aunque le hubiera pegado, él no sabría por qué lo haría y yo no tendría de nuevo mi planta.
Si las plantas tienen alma... Descanse en paz.
¡Que Dios me perdone!
¡A ustedes que Dios les bendiga!